UNA PEQUEÑA APORTACIÓN DESDE MI HUMILDE EXPERIENCIA, SOBRE COMO SE PUEDEN INTENTAR SOLUCIONAR LOS PEQUEÑOS PROBLEMAS DIARIOS QUE SE PRODUCEN EN LAS ESCUELAS.
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lunes, 12 de octubre de 2015

EL FOCO EN LA EVALUACIÓN

Llegó a mis manos el otro día, un informe que sostenía que el uso de la tecnología no había mejorado los resultados de la evaluación. Daba una serie de datos para apoyar dicha afirmación, y lo cierto es, que tras la lectura de los mismos, no podías sino estar de acuerdo con la coherencia de lo afirmado. Hasta aquí todo normal, y podríamos pasar a otra lectura, quedándonos con esta idea e irla exponiendo en distintos foros al surgir el tema. Pero es que hay cierta trampa en el desarrollo de la teoría.
 Es cierto que los datos son datos y no se pueden cambiar, pero podemos enfocarlos desde otro ángulo. Nadie ha planteado el tipo de evaluación que se ha realizado, y si  está relacionada con un cambio metodológico, donde el uso de la tecnología pudiese ser un valor añadido.
 Si mi método evaluatorio se circunscribe a la resolución de un cuestionario escrito, donde el alumno/a tiene que responder memorísticamente a una serie de preguntas, no va a ser una ayuda el haber trabajado con las nuevas tecnologías, es más, seguramente van a resultar un lastre. El tiempo que el niño/a ha empleado en la búsqueda de datos y en la elaboración de sus hipótesis, con su posterior comprobación, lo ha perdido en la memorización de los datos que le vamos a solicitar en nuestra evaluación.
Por lo tanto, antes de tachar a una metodología, o a un instrumento de aprendizaje, de inútil o peor aún de pernicioso, debemos plantearnos nuestro método evaluatorio. Y aquí suele surgir nuestra frase favorita, "siempre se ha hecho así".
Muchos profesionales piensan que la ampliación de los instrumentos de evaluación, más allá de las pruebas escritas, supone un gran avance metodológico. Es cierto  que se trata de un paso más, pero debemos comprobar las capacidades competenciales de nuestros alumnos/as más allá de los conocimientos que puedan adquirir. Puedo evaluarles mediante un examen escrito, una prueba oral, o la revisión del trabajo diario a través del cuaderno de ejercicios. Pero si no les planteo nada más que retos donde la memoria sea la parte más importante para superar la prueba, no estoy dando ningún paso adelante, y desde luego, no me valdrá para nada el uso de las nuevas tecnologías en el quehacer didáctico.
Seguramente, si el estudio se plantease tras unas evaluaciones donde la búsqueda de la información, el proceso de la misma, y la exposición de conclusiones fuesen las bases del proceso, aquellos alumnos/as que hubiese trabajado desde las nuevas tecnologías, tendrían mejores resultados, y por lo tanto estaríamos concluyendo, justo lo contrario a lo que dice el informe.
Nada más fácil en educación que dar un respaldo pedagógico a las conclusiones a las que queremos llegar. La mayoría de las veces, damos por sentado paradigmas que deberíamos replantearnos, en este caso el desarrollo del proceso evaluador, que por inercia asociamos al examen escrito. Solo tras la revisión de todos los parámetros que afectan a la conclusión, podremos llegar a alguna, que no esté viciada en el procedimiento.


Por todo esto, soy partidario de evaluar por competencias, y no por áreas, el hecho de tener que tomar responsabilidades en común, nos ayuda a darle al alumno/a una visión mucho más global de su proceso educativo, sin que esté mediatizada por las preferencias de un docente determinado, ni por los ángulos desde donde pueda enfocarse.
Aprovechemos que estamos legislando sobre esta materia, para no caer en la tentación de volver a lo antiguo, sin haber reflexionado todos/as, sobre el hecho evaluatorio, sin caer en la comodidad irreflexiva de lo anterior. Aprovechemos la evaluación para generar un cambio metodológico que nos haga avanzar hacia una escuela y una sociedad más competente.